Filiación divina



El prodigio de ser hijo de Dios

Revela el libro del Génesis que Dios se paseaba por el paraíso al viento de la tarde (3, 8). Conversaba familiarmente con Adán y Eva porque el hombre fue creado para participar de la intimidad divina. Esa verdad, el misterio oculto por los siglos, permaneció velado hasta la Encarnación. En ella se despliega ante nuestros ojos el grandioso proyecto divino: hacernos partícipes, en Cristo, de la misma naturaleza de Dios.



Dignidad de hijos

En un instante preciso de la historia de la humanidad tiene lugar la plenitud de los tiempos. El Verbo se hace hombre… para que el hombre se haga Dios. Apreciar el don bautismal: la gracia santificante, que nos da la participación en la naturaleza divina. Vivir con la conciencia no solo del por Cristo, ni siquiera del con Cristo, sino el en Cristo.



Recuerda tu dignidad de hijo de Dios

En una aldea perdida de Galilea, una joven doncella aguarda con expectación la venida del Mesías. Dios lo había dispuesto todo maravillosamente, haciéndola Inmaculada. El Verbo de Dios se hace carne y sangre, como uno más de la estirpe de Adán. Para que nosotros seamos hechos hijos de Dios. Esa es nuestra identidad. Por encima del ser, del saber o del tener, incluso por encima de nuestros logros espirituales. El Padre nos ama porque nos ve en su hijo.