Agosto



26 de agosto

Ser consolado y consolar

El que sufre reclama consuelo. Y nosotros sufrimos la pena de la ausencia. En la carta a los Colosenses, san Pablo nos desea que seamos consolados en nuestros corazones. Lo maravilloso del asunto es que, al ser consolados por Cristo, podemos nosotros consolarlo a Él. La sed de Dios arranca de sus mismas profundidades. El tesoro está dentro de cada uno, porque ahí podemos realizar el encuentro y la unión.



27 de agosto

Imita la compasión de la Verónica

“Imita la compasión / de Verónica y su manto / si de Cristo el rostro santo / quieres en tu corazón”. Dentro de su sencillez, esta letrilla descubre rutas de interioridad: la com-pasión, es decir, el padecer-con Jesús conduce a apropiarnos de su rostro, de su fisonomía, de su persona. Amando la Cruz y sabiendo acompañar al Señor en su dolorosa pasión, nos iremos conformando -haciendo a la forma- de Jesús.



28 de agosto

El mayor amor: la Encarnación.

Santo Tomás asegura que, de todas las pruebas del amor de Dios por los hombres, la más grande es la Encarnación del Verbo. En Jesús encontramos la grandeza divina, con la que puede intervenir en nuestra mente iluminándola, y tratarlo como uno de nosotros, con confianza y connaturalidad. Si Jesús es nuestro todo, hagamos con frecuencia actos de amor, que nos unan más intensamente a Él y hagan crecer nuestros deseos de la unión definitiva. “Haz continuos actos de amor, aunque pienses que solo son de boca” (San Josemaría)