Amor a Dios



Dame, hijo mío, tu corazón.

“Por encima de todo cuidado, guarda tu corazón”. Pasaje del libro de los Proverbios, antecedido por otro en el que Dios nos dice: “Dame, hijo mío, tu corazón”. Dios podría tenerlo todo, excepto un corazón cerrado a su amor. Como ama, le importa tanto nuestra respuesta de amor puro. Necesitamos una gran finura de alma para evitar el deterioro de nuestro corazón, buscando asimilarlo al Purísimo de María.



Deseo central: justicia para con Dios.

La bienaventuranza que habla del hambre y sed de justicia se refiere tanto al deseo de que Dios sea amado como al afán de la santidad personal. Habla, por tanto, de aquello que constituye el principal de los deseos del corazón humano, aquel que centra y determina el sentido de todos los demás. Ese deseo puede extinguirse por la falta de oración y por el desánimo.



El amor da eficacia y felicidad

Los santos son como un rayo de luz que procede de la palabra de Dios, dice la exhortación Verbum Domini. Ellos se han dejado plasmar por esa Palabra, y nos la comunican. San Josemaría, fundado en la claridad de la revelación divina, insistía en hacer todas las cosas por amor. Entonces nuestra vida adquiere eficacia y felicidad.